Salomon (Salo) Flohr nació el 21 de noviembre de 1908 en Horodenka, Galitzia, entonces parte del Imperio Austrohúngaro, en el seno de una familia judía. La Primera Guerra Mundial fue devastadora para él: sus padres fueron asesinados durante la contienda y Salo y su hermano Moses, convertidos en huérfanos, lograron llegar como refugiados a la recién creada Checoslovaquia hacia 1916. Allí fueron acogidos y pudieron rehacer su vida poco a poco, en medio de grandes dificultades materiales. Desde la adolescencia, Salo se apasionó por el ajedrez y comenzó a frecuentar cafés y clubes, donde su talento precoz pronto llamó la atención. En ese contexto tuvo la oportunidad de enfrentarse en simultáneas a maestros de la talla de Richard Réti y Rudolf Spielmann, obteniendo resultados notables para su edad.
El ascenso meteórico en la élite del ajedrez
Su debut internacional se produjo en Rogaska Slatina (1929), donde obtuvo un impresionante segundo puesto tras Akiba Rubinstein. Entre 1929 y la segunda mitad de los años treinta participó en numerosos torneos internacionales y ganó más de una decena de ellos. Triunfó o compartió el primer lugar en eventos de prestigio como Hastings a comienzos de los años treinta, Moscú 1935 (compartido con Botvinnik, por delante de Capablanca y Lasker), Margate 1936, Podebrady 1936 y Kemeri 1937, consolidándose como uno de los jugadores más fuertes del mundo.
En las Olimpiadas de ajedrez brilló en el primer tablero de Checoslovaquia: en Hamburgo 1930 sumó 14 victorias, 1 empate y 2 derrotas; en Varsovia 1935 logró 9 victorias y 7 tablas sin perder; y en Estocolmo 1937 volvió a completar un torneo olímpico sin conocer la derrota. Fue campeón nacional checoslovaco en 1933 y 1936, y las reconstrucciones estadísticas modernas lo sitúan en la absoluta élite mundial de mediados de los años treinta, con una fuerza de juego comparable a la de los principales candidatos al título.
Flohr empató matches con Max Euwe en 1932 y con Mijaíl Botvinnik en 1933, lo que reforzó su imagen de aspirante serio al campeonato del mundo. A finales de los años treinta era considerado por muchos como el principal candidato a desafiar a Alexander Alekhine, y se discutió la organización de un match por el título que, sin embargo, nunca llegó a concretarse por razones económicas y políticas.
El campeón sin corona y la sombra de la Segunda Guerra Mundial
El Acuerdo de Múnich (1938) y la posterior ocupación nazi de Checoslovaquia destruyeron la estructura que sostenía su carrera: patrocinadores, federación y entorno. Flohr, judío y figura pública, se convirtió en objetivo del régimen y se vio obligado a huir primero a Estonia y después a la Unión Soviética, donde contó con la ayuda de Botvinnik para encontrar refugio y trabajo. La Segunda Guerra Mundial interrumpió de hecho sus opciones reales de luchar por el título, y su figura quedó al igual que Keres y otros fuertes ajedrecístas es asociada a la del “campeón sin corona”, paradigma de un talento al que la historia le cerró la puerta en el momento decisivo.
En 1942 recibió la ciudadanía soviética y se integró plenamente en el ajedrez de la URSS, pero el aparato deportivo se volcó en promover a Botvinnik como principal candidato al título mundial, relegando a Flohr a un papel secundario en la escena internacional. Con el paso de los años, su estilo se hizo más cauteloso y tendente a las tablas, en parte por la dureza de la competencia soviética y en parte por la propia evolución de su carrera. En el legendario torneo AVRO 1938, uno de los más fuertes de la historia hasta entonces, Flohr terminó en los últimos lugares, un resultado que suele interpretarse como síntoma de las tensiones políticas y personales que ya pesaban sobre él.
Un héroe nacional convertido en marca comercial
En los años treinta, Flohr fue mucho más que un gran maestro: se convirtió en un auténtico héroe nacional en Checoslovaquia. Era un símbolo de éxito internacional para un país joven, y su figura trascendió el ámbito estrictamente deportivo. En aquel contexto, su nombre se utilizó para promocionar diversos productos de consumo: se comercializaron cigarrillos, pantuflas y agua de colonia “Salo Flohr”, convertidas en iconos de cierta modernidad burguesa checoslovaca de entreguerras. Aparecía con frecuencia en la prensa y era recibido como una estrella en actos públicos, algo muy poco habitual para un ajedrecista de la época.
Este fenómeno lo distingue de muchos otros grandes maestros de su generación: pocos ajedrecistas llegaron a convertirse en auténticas marcas comerciales asociadas a artículos de lujo o semilujo. Su combinación de carisma, éxito deportivo y capacidad de representación nacional lo transformó en una referencia cultural, más cercana a la imagen de las figuras deportivas de masas que a la del intelectual retraído con la que a menudo se identifica al ajedrecista.
Legado, estilo y memoria de un ciudadano del mundo
Apodado en ocasiones “el pequeño Capablanca” por cierto parecido físico y por la claridad de su estilo, Flohr fue ante todo un estratega posicional. Destacó en el manejo de estructuras de peones y en finales técnicamente precisos, y solía preferir la simplificación y la acumulación de pequeñas ventajas a los ataques directos y especulativos. En rápidas y exhibiciones seguía principios muy afines a los de Capablanca: esquemas sólidos, coordinación de piezas y transición temprana a finales favorables. Empleó con frecuencia la Defensa Caro-Kann. Su enfoque influyó en la evolución del ajedrez posicional y se le ha comparado retrospectivamente con campeones de estilo técnico y profiláctico, como Anatoly Karpov.
Vlastimil Hort lo describió como un hombre jovial, accesible, amante del té y poco dado a discusiones políticas, rasgos que contrastaban con la dureza de su biografía. En una simultánea de comienzos de los años cincuenta, al acordar tablas con un joven Hort, escribió “Bravo” en la planilla, un gesto que se cita a menudo para ilustrar su cercanía con los aficionados.
Además de jugador de élite, Flohr fue periodista y divulgador: escribió regularmente sobre teoría y torneos, y durante años colaboró con la revista soviética Ogonyok, una de las publicaciones culturales más influyentes de la URSS. En 1963 obtuvo el título de árbitro internacional y desempeñó funciones arbitrales de alto nivel, incluyendo la participación en Olimpiadas y grandes competiciones. Fue condecorado con la Orden de la Insignia de Honor y en 1948 recibió el título de Maestro Emérito del Deporte de la URSS, reconocimientos oficiales a su aportación al ajedrez soviético. En 1950 se convirtió en uno de los primeros veintisiete jugadores en recibir el recién creado título de Gran Maestro Internacional de la FIDE.
En su vida personal, ya en su madurez, contrajo matrimonio con Tatiana Flohr-Yesenina, según fuentes rusas, emparentada con el poeta Serguéi Yesenin, lo que lo vinculó también al mundo literario ruso. Flohr falleció en Moscú el 18 de julio de 1983 y fue enterrado en el cementerio Vagankovskoye, lugar de reposo de numerosas personalidades de la cultura soviética.
Su legado competitivo incluye victorias de gran valor simbólico frente a campeones del mundo como Euwe, Capablanca y Lasker, así como una importantísima contribución al desarrollo del ajedrez en Checoslovaquia y, posteriormente, en la URSS. Su biografía migrante lo convirtió, en la práctica, en un verdadero ciudadano del mundo: nació bajo el Imperio austrohúngaro, vivió bajo administraciones polacas y checoslovacas y terminó sus días como ciudadano soviético.
En algunos textos modernos de entrenamiento se ha utilizado de manera informal la expresión “síndrome Flohr” para aludir a la tendencia de un jugador consolidado a derivar hacia un repertorio excesivamente sólido y tablas frecuentes, pero se trata de un recurso pedagógico aislado y no de un concepto acuñado por el propio Flohr ni reconocido de forma generalizada.
Salo Flohr encarna la paradoja del campeón sin corona marcado por las dos grandes convulsiones del siglo XX: la Primera Guerra Mundial lo dejó huérfano y lo empujó al exilio, la Segunda le arrebató la oportunidad real de disputar el título mundial. Al mismo tiempo, fue un héroe nacional convertido en marca comercial y una figura cultural de primer orden, algo muy poco habitual en la historia del ajedrez. Su legado es doble: en el tablero, como maestro de la técnica posicional; y fuera de él, como símbolo de resiliencia, adaptación y popularidad.
Algunas de sus mejores partidas
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