Rudolf Charousek nació en Praga el 19 de septiembre de 1873 en el seno de una familia judía de origen checo. Su vida estuvo marcada por la pobreza y la enfermedad, pero también por una pasión desbordante por el ajedrez. Aprendió a jugar a los dieciséis años, mientras estudiaba Derecho, y protagonizó una de las anécdotas más conmovedoras de la historia del juego: sin dinero para comprar libros, pidió prestado el monumental Handbuch des Schachspiels de Bilguer y Von der Lasa y lo copió a mano íntegramente, más de quinientas páginas de análisis y diagramas. Ese esfuerzo titánico fue su escuela y el fundamento de su rápido ascenso.
Su debut internacional llegó en Núremberg 1896. Aunque no ocupó los primeros puestos de la clasificación, dejó una huella imborrable al derrotar al campeón mundial Emanuel Lasker con el Gambito de Rey. Esa partida se considera una de las pocas ocasiones en que un campeón reinante perdió frente a esa apertura en un torneo clásico. Ese mismo año, en Budapest, compartió el primer puesto con Mijaíl Chigorin, al que venció en el desempate. En Berlín 1897 se consagró campeón absoluto, por delante de Janowski, Schlechter y el propio Chigorin. En Colonia 1898 ocupó el segundo lugar, superando a Steinitz y empatando con Chigorin. En Budapest 1898 volvió a quedar segundo. En los cinco torneos internacionales que disputó, nunca bajó del podio.
Su estilo era romántico y audaz, lleno de sacrificios y combinaciones brillantes. Prefería gambitos como el de rey y el vienés, evocando la época dorada de Paul Morphy. Chigorin lo llamó “el nuevo Morphy”. Richard Réti destacó la extrema sencillez de su juego, Max Euwe lo comparó con Morphy y el propio Lasker llegó a afirmar “Algún día tendré que jugar un match por el campeonato con este hombre”. Reuben Fine, décadas después, lo comparó con la poesía de John Keats, señalando que sus partidas transmiten belleza y una sensación de pérdida por una promesa incumplida.
Charousek no era solo brillante en el tablero, también era excéntrico. Se levantaba tras cada jugada para observar otras partidas, lo que desesperaba a sus rivales. El maestro polaco Simon Winawer le pidió que permaneciera sentado; Charousek respondió que ningún reglamento lo prohibía. Winawer replicó “Ya lo sé, pero me gustaría saber con quién estoy jugando esta partida”. Su nerviosismo y constitución enfermiza le impiederó llegar aún más alto en el deporte ciencia.
La tuberculosis lo alcanzó demasiado pronto. Internado en Merano sin éxito, murió en Budapest el 14 de abril de 1900 con apenas 26 años. Su tumba en el cementerio central de la ciudad es hoy un lugar de peregrinación para quienes reconocen en él al campeón que nunca fue.
Su figura trascendió incluso el tablero. Gustav Meyrink lo incluyó como personaje en su novela El Golem, retratándolo como un estudiante pobre y obsesivo. Su nombre ha sido evocado en poemas y relatos como símbolo del talento efímero. Así, su legado pertenece tanto al ajedrez como a la literatura y la cultura europea de fin de siglo.
La memoria de Charousek se conserva en libros como Charousek’s Games of Chess, publicado en 1919 por Philip W. Sergeant, que recopila sus partidas con anotaciones y una introducción biográfica. Reediciones modernas, como la de Dover en 1989, han mantenido vivo su legado, y hoy es posible consultar versiones digitales en bibliotecas en línea. Aunque no existe una biografía exhaustiva independiente, estas compilaciones son la fuente principal para estudiar su estilo y comprender la magnitud de su talento.
En definitiva, Rudolf Charousek es el emblema del genio truncado, un jugador que en apenas cuatro años de carrera derrotó al campeón del mundo, impresionó a sus contemporáneos y se convirtió en mito literario. Su legado breve pero intenso sigue recordándonos que la genialidad no se mide en años, sino en la capacidad de transformar un tablero en poesía.
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