Vladímir Grigórievich Zak (1913–1994) no fue un campeón en los tableros, pero sí un arquitecto de campeones. Nacido en Berdíchev y formado como ingeniero eléctrico en Leningrado, su vida se definió por la enseñanza. Tras servir como voluntario en la Gran Guerra Patria y recibir condecoraciones por su valor, dedicó cuatro décadas al Palacio de Pioneros de Leningrado, donde se convirtió en el corazón pedagógico de la escuela soviética de ajedrez.
Su lista de discípulos documentados habla por sí sola: Boris Spassky, Campeón Mundial entre 1969 y 1972; Viktor Korchnoi, eterno finalista en los duelos por la corona; Larisa Volpert, pionera femenina; Mark Tseitlin, Gennadi Sosonko y Alexei Yermolinsky, todos futuros Grandes Maestros. Con ellos, Zak demostró que la grandeza de un maestro no se mide por sus propias victorias, sino por las que logran sus alumnos.
Genna Sosonko, uno de sus pupilos y luego colega, lo definió con una frase que se ha vuelto célebre: “Un maestro mediocre expone, un buen maestro explica, un gran maestro demuestra… pero un maestro excepcional inspira. Zak inspiraba.” Esa inspiración era su sello. Su método clásico y exigente, basado en el estudio riguroso de los manuales de los grandes maestros del pasado, era duro pero eficaz. Alexei Yermolinsky recordaba en tono de broma: “Quien sobrevive al método de Zak tiene garantizado un futuro brillante.”
Más allá de la técnica, Zak fue pionero en integrar la psicología al ajedrez, colaborando con Aleksandr Luria para aplicar principios científicos en la formación de jugadores. Algunos talentos, como Valery Salov y Gata Kamsky, abandonaron pronto sus clases por la rigidez de su estilo, pero incluso ellos reconocieron que su influencia había dejado huella.
Comparado con otros grandes pedagogos soviéticos, Zak ocupa un lugar singular. Mijaíl Botvinnik fundó la célebre “Escuela Botvinnik”, que formó a Kaspárov y Kárpov con un método científico y disciplinado. Mark Dvoretsky, décadas más tarde, se convirtió en el entrenador de élite por excelencia, especializado en finales y técnica avanzada. Zak, en cambio, se dedicó a la formación de niños y jóvenes, siendo el pedagogo que transformaba talento en disciplina y enseñaba a inspirar.
Su legado se mide en los campeones que produjo, en los métodos que introdujo y en la idea de que el ajedrez es tanto disciplina técnica como fortaleza psicológica. Vladímir Zak fue, ante todo, un pedagogo del ajedrez: un hombre que convirtió a Leningrado en una fábrica de campeones y que enseñó que la verdadera grandeza de un maestro está en la capacidad de inspirar a otros a alcanzarla.
Así jugaba Zak:
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