En el verano de 1960, Bobby Fischer llegó a Santiago de Chile para disputar el Torneo Internacional de Ajedrez. Tenía apenas diecisiete años, pero ya era un prodigio reconocido en todo el mundo. Su talento sobre el tablero era indiscutible, aunque fuera de él empezaban a notarse las excentricidades que lo acompañarían toda su vida.
Cada mañana, al sentarse a desayunar en el hotel, Fischer pedía lo mismo: tostadas, huevos, jugo… y una langosta. El crustáceo aparecía puntualmente en la mesa, brillante y intacto, pero Fischer jamás lo tocaba. No lo quería realmente; lo pedía porque podía hacerlo, porque le parecía que era lo que correspondía a un competidor de primer nivel. Era un gesto de estatus, un capricho que reforzaba la imagen de genio distante que empezaba a construir.
Al cabo de unos días, el hotel comenzó a inquietarse. La langosta era cara y se desperdiciaba a diario. La administración decidió entonces consultar a Gregorio Altamirano, presidente de la Federación Chilena de Ajedrez, para encontrar una solución. Altamirano, hombre práctico y astuto, resolvió el asunto con ingenio: desde ese momento, Fischer recibiría siempre la misma langosta, intacta, día tras día, hasta el final del torneo.
Y así fue. Fischer nunca se dio cuenta, o nunca se molestó en reclamar. La langosta permaneció como un símbolo silencioso en su mesa, testigo de desayunos rutinarios y de partidas memorables. No era un plato, sino un accesorio, una pieza más en el teatro personal de Bobby Fischer.
La historia quedó grabada en la memoria de quienes la vivieron y se convirtió en una de esas anécdotas que circulan en el mundo del ajedrez. Más allá de lo pintoresco, revela el carácter de Fischer: un hombre capaz de desafiar convenciones no solo en el tablero, sino también en la vida cotidiana. La langosta de Santiago es, en definitiva, una metáfora de su personalidad: brillante, excéntrica y siempre dispuesta a imponer sus propias reglas.
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